martes, 22 de mayo de 2012
FLUYE
El amor se mueve, transita, fluye
y va dejando muestras de su paso.
Las calles se llenan de bicicletas,
le preparan un jugo de naranja,
tomamos una taza de café
mientras escuchamos un disco nuevo
de un cantante conocido por ambos.
El amor transita, fluye, se mueve
y a su paso va dejando señales.
Hablamos de viajar rumbo a Oaxaca.
Los dedos recorren de dos en dos
el brazo que se recarga en la mesa
para conocer el número exacto
y la forma de todos los lunares.
El amor fluye, se mueve, transita
y va dejando muestras de su paso.
La abrazo por la espalda mientras guisa,
elogia el color de mis calcetines,
trato de acomodar mi "perfil guapo"
pensando en que brote esa sonrisa
que es un canto aprendido por la luz.
El amor se mueve, carajo, fluye.
Y, tras sus pasos, nos va dejando.
viernes, 27 de enero de 2012
Pasos previos a las visiones del futuro (pieza cursi)
Para i
1
Cuando no está repleta de seres espantosos y dolores inenarrables, cuando tenemos la dicha de no suponer que el mejor lugar para vivir es debajo de una mesa, la memoria suele ser un espacio ideal para reinventarnos en arrebatos de cursilería. Para estas lides, como dice la canción, sigo siendo el rey.
2
No sé si los recuerdos habiten nuestra mente en archivos clasificados con alguna lógica bizarra. A veces, más por ocio que en un afán de dilucidación filosófica, imagino mi cerebro como una enorme biblioteca cuya estantería no tiene aún demasiados volúmenes y, sin embargo, cuenta con la suficiente información como para poner en apuros a un, hipotético también, despistado encargado.
¿Cómo clasificar un acervo donde igual aparecen los libros ilustrados por Rius que las tardes jugando “bote pateado” con los vecinos de la infancia? ¿Dónde acomodar la imagen de mi madre bañando un gato callejero o los primeros trayectos en bicicleta para aventurarnos en el barrio en compañía de mi hermano? ¿Junto a qué archivar los abrazos paternos? ¿Y los regalos de los reyes magos? ¿La forma de sus ojos, el brillo de sus ojos, mi imagen en sus ojos?
3
Al parecer es más creíble, aunque poco empata con la imagen borgiana que me gustaría tener de mi memoria, que mi cabeza se asemeje más a una covacha donde igual hay cajas con objetos queridos, estorbosos, ignorados o simplemente basura que por olvido o desidia no he colocado en mejor sitio.
Más que encontrado, me hago consciente de la existencia de algún recuerdo cuando éste parece enredarse en mi camino. No suelo ir en búsqueda de la remembranza. No soy por vocación proclive a la nostalgia y, no obstante, a menudo me descubro enredado en las evocaciones.
La contemplación de un bicho trae a mientes al patrón de mi primer trabajo. La calidez del sol, a un cantante de mediano talento y mucha fama. Las zonas arqueológicas, un poema de Octavio Paz. Las formas de una nube, la deliciosa turgencia de unas nalgas…
Más allá de algún posible proceso metonímico que pueda explicar la aparición espontánea de algunas de estas imágenes, las reminiscencias no parecen cumplir casi nunca con un patrón específico. No surgen como pares de un juego de memorama en el que la imagen de una pelota recupera del pasado algunas escenas donde otras pelotas tuvieron una importancia significativa. Un cántaro puede empatarse con una resbaladilla, la resbaladilla con una canción de Manú Chao, el cantante francés de origen español con los ríos de México, el Lerma…con el contorno de sus ojos, el color de sus ojos, la dirección de su mirada.
4
La memoria, al menos en mi caso, es un juego de azar. No entiendo los puentes que se cruzan entre una alusión y otra. Las divagaciones entre un tema actual y algo vivido en el pasado. Los saltos entre un recuerdo y la imagen presente poco abundan en el descubrimiento de una verdad que pueda ser útil de manera recíproca. Por el contrario, pienso que la dispersión, el fragmento, es la tónica fundamental de aquel que rememora.
5
El que recuerda, sin embargo, parece movido por una fe poderosa: si hay evocación es porque todo sucedió de tal manera. “Yo lo viví, yo estuve ahí, nadie me lo contó”, nos dice subiendo el tono y sin despegar la vista.
El pasado, vaya perogrullada, no existe en ningún sitio. Parece haber en nuestro cerebro una mezcla de químicos que, mediante cierto impulso eléctrico, nos proyecta la ilusión de haber vivido algo. Una marca, apenas, es el material para asirnos de la nada.
6
Hace un par de semanas, tal vez un poco más, que eso de la memoria es engañoso, nos encontramos en casa y, como no queriendo, tocamos el tema de unos poemas míos escritos hace años, quizá un lustro. Pensé que algo de rubor le causarían aquellos versos a pesar de haber pasado el tiempo, no sé cuánto.
Ella me preguntó si todavía tenía contacto con aquella chica. Me refirió una historia que al parecer le había contado sobre una musa y la creación literaria. Algo de aquella explicación me pareció familiar. Unas historias explican con detalle otras y terminan sobreponiéndose perdiendo sus límites. Ahora, independientemente de lo que haya sido, estoy seguro de que en cada línea se encuentran sólo sus ojos.
7
La letra escrita es para algunos la prueba fehaciente de su paso por el mundo. Documento indiscutible de tener en su poder la verdad a pesar de que esta sea oscura. Las palabras se transforman en amuletos que otorgan seguridad, que brindan la sensación de controlar el juego aunque nunca en realidad se esté seguro de cuáles son las reglas.
Los signos, sin embargo, más allá de su intrínseca polisemia, siempre están sometidos a la interpretación de quien se acerca a ellos. En el lector se encuentra la luz para vislumbrar, a veces, la poesía. En él también está la capacidad para ensuciar o distorsionar el mensaje.
9
Según Nicholas Carr, a la luz de los más recientes descubrimientos de la neuroplasticidad, “cuanto más se concentra en sus síntomas una persona que sufre, más se le graban los síntomas en sus circuitos neuronales. En el peor de los casos, la mente en esencia se entrena para la enfermedad”. De ahí que no exista el apartado número ocho que, intuyo, deformaba lo que realmente sucedió cuando ella comenzó a mirar en dirección contraria.
10
“Alguien que no tiene memoria desarrolla visiones del futuro” , señala el protagonista de la novela Tokio ya no nos quiere, de Ray Loriga. Es posible que lo mejor sea vaciarme de recuerdos. Esperar a volver encontrarme en su mirada y olvidar todo lo demás.
1
Cuando no está repleta de seres espantosos y dolores inenarrables, cuando tenemos la dicha de no suponer que el mejor lugar para vivir es debajo de una mesa, la memoria suele ser un espacio ideal para reinventarnos en arrebatos de cursilería. Para estas lides, como dice la canción, sigo siendo el rey.
2
No sé si los recuerdos habiten nuestra mente en archivos clasificados con alguna lógica bizarra. A veces, más por ocio que en un afán de dilucidación filosófica, imagino mi cerebro como una enorme biblioteca cuya estantería no tiene aún demasiados volúmenes y, sin embargo, cuenta con la suficiente información como para poner en apuros a un, hipotético también, despistado encargado.
¿Cómo clasificar un acervo donde igual aparecen los libros ilustrados por Rius que las tardes jugando “bote pateado” con los vecinos de la infancia? ¿Dónde acomodar la imagen de mi madre bañando un gato callejero o los primeros trayectos en bicicleta para aventurarnos en el barrio en compañía de mi hermano? ¿Junto a qué archivar los abrazos paternos? ¿Y los regalos de los reyes magos? ¿La forma de sus ojos, el brillo de sus ojos, mi imagen en sus ojos?
3
Al parecer es más creíble, aunque poco empata con la imagen borgiana que me gustaría tener de mi memoria, que mi cabeza se asemeje más a una covacha donde igual hay cajas con objetos queridos, estorbosos, ignorados o simplemente basura que por olvido o desidia no he colocado en mejor sitio.
Más que encontrado, me hago consciente de la existencia de algún recuerdo cuando éste parece enredarse en mi camino. No suelo ir en búsqueda de la remembranza. No soy por vocación proclive a la nostalgia y, no obstante, a menudo me descubro enredado en las evocaciones.
La contemplación de un bicho trae a mientes al patrón de mi primer trabajo. La calidez del sol, a un cantante de mediano talento y mucha fama. Las zonas arqueológicas, un poema de Octavio Paz. Las formas de una nube, la deliciosa turgencia de unas nalgas…
Más allá de algún posible proceso metonímico que pueda explicar la aparición espontánea de algunas de estas imágenes, las reminiscencias no parecen cumplir casi nunca con un patrón específico. No surgen como pares de un juego de memorama en el que la imagen de una pelota recupera del pasado algunas escenas donde otras pelotas tuvieron una importancia significativa. Un cántaro puede empatarse con una resbaladilla, la resbaladilla con una canción de Manú Chao, el cantante francés de origen español con los ríos de México, el Lerma…con el contorno de sus ojos, el color de sus ojos, la dirección de su mirada.
4
La memoria, al menos en mi caso, es un juego de azar. No entiendo los puentes que se cruzan entre una alusión y otra. Las divagaciones entre un tema actual y algo vivido en el pasado. Los saltos entre un recuerdo y la imagen presente poco abundan en el descubrimiento de una verdad que pueda ser útil de manera recíproca. Por el contrario, pienso que la dispersión, el fragmento, es la tónica fundamental de aquel que rememora.
5
El que recuerda, sin embargo, parece movido por una fe poderosa: si hay evocación es porque todo sucedió de tal manera. “Yo lo viví, yo estuve ahí, nadie me lo contó”, nos dice subiendo el tono y sin despegar la vista.
El pasado, vaya perogrullada, no existe en ningún sitio. Parece haber en nuestro cerebro una mezcla de químicos que, mediante cierto impulso eléctrico, nos proyecta la ilusión de haber vivido algo. Una marca, apenas, es el material para asirnos de la nada.
6
Hace un par de semanas, tal vez un poco más, que eso de la memoria es engañoso, nos encontramos en casa y, como no queriendo, tocamos el tema de unos poemas míos escritos hace años, quizá un lustro. Pensé que algo de rubor le causarían aquellos versos a pesar de haber pasado el tiempo, no sé cuánto.
Ella me preguntó si todavía tenía contacto con aquella chica. Me refirió una historia que al parecer le había contado sobre una musa y la creación literaria. Algo de aquella explicación me pareció familiar. Unas historias explican con detalle otras y terminan sobreponiéndose perdiendo sus límites. Ahora, independientemente de lo que haya sido, estoy seguro de que en cada línea se encuentran sólo sus ojos.
7
La letra escrita es para algunos la prueba fehaciente de su paso por el mundo. Documento indiscutible de tener en su poder la verdad a pesar de que esta sea oscura. Las palabras se transforman en amuletos que otorgan seguridad, que brindan la sensación de controlar el juego aunque nunca en realidad se esté seguro de cuáles son las reglas.
Los signos, sin embargo, más allá de su intrínseca polisemia, siempre están sometidos a la interpretación de quien se acerca a ellos. En el lector se encuentra la luz para vislumbrar, a veces, la poesía. En él también está la capacidad para ensuciar o distorsionar el mensaje.
9
Según Nicholas Carr, a la luz de los más recientes descubrimientos de la neuroplasticidad, “cuanto más se concentra en sus síntomas una persona que sufre, más se le graban los síntomas en sus circuitos neuronales. En el peor de los casos, la mente en esencia se entrena para la enfermedad”. De ahí que no exista el apartado número ocho que, intuyo, deformaba lo que realmente sucedió cuando ella comenzó a mirar en dirección contraria.
10
“Alguien que no tiene memoria desarrolla visiones del futuro” , señala el protagonista de la novela Tokio ya no nos quiere, de Ray Loriga. Es posible que lo mejor sea vaciarme de recuerdos. Esperar a volver encontrarme en su mirada y olvidar todo lo demás.
sábado, 14 de enero de 2012
Los mejores libros del 2011
Por supuesto, como toda lista, es susceptible de...bla, bla bla.
1.- Los enamoramientos, de Javier Marías
2.- Butes, de Pascal Quignard
3.- Muerte caracol, de Ana Ivonne Reyes Chiquete
4.- Ánima, de Antonio Ortuño
5.- Delante de un prado una vaca, de Fabio Morábito
6.- Némesis, de Philip Roth
7.- Mentía usted mejor en París, de Rafael Antúnez
8.- El daño no es de ayer, de Ignacio Padilla
9.- Diarios de bicicleta, de David Byrne
10.- Superficiales, de Nicholas Carr
1.- Los enamoramientos, de Javier Marías
2.- Butes, de Pascal Quignard
3.- Muerte caracol, de Ana Ivonne Reyes Chiquete
4.- Ánima, de Antonio Ortuño
5.- Delante de un prado una vaca, de Fabio Morábito
6.- Némesis, de Philip Roth
7.- Mentía usted mejor en París, de Rafael Antúnez
8.- El daño no es de ayer, de Ignacio Padilla
9.- Diarios de bicicleta, de David Byrne
10.- Superficiales, de Nicholas Carr
sábado, 3 de julio de 2010
DONDE LA LUNA

La noche es hoy la niebla entre los huesos.
Alguien escribe tras de mí tu nombre
y aclara gota a gota su intención
de espuma; embate de borrasca y roca
dispuesta a perpetuarse erguida.
Cierro los ojos y el peñasco increpa.
Intento abrirlos, y la lluvia.
Recuerdo y sueño y soy una estatuilla
que hace de mí tu imagen.
Donde sólo yo puedo venerarte.
Donde la luna me ilumina y vuelve
a levantar al mar contra la piedra.
Poema musicalizado por Juan Pablo Contreras y publicado en su primer disco: Opus I
miércoles, 23 de junio de 2010
SABIA VIRTUD DE CONOCER EL TIEMPO

Hablar del tiempo no deja de estar de moda. Siempre es un buen momento para ocuparnos de su paso. Giramos invariablemente en la órbita del tiempo, y a veces nos preguntamos cuál es la mejor manera de aprovecharlo, cómo evitar que simplemente se nos vaya, cuándo es el momento adecuado para hacer o dejar de hacer algo.
En el centro de la vida cotidiana contemporánea ya no se encuentra el mero transcurso del tiempo, sino el ritmo que le damos a su uso. La velocidad, con que ahora nos vemos obligados a ocuparnos de las personas y las cosas, nos impone una manera de relacionarnos con el tiempo en la que el deseo de huída parece ser su característica principal; escapar del implacable acontecer del tiempo, del compás interminable del reloj y sus manecillas, del suceder que nos lleva de la juventud a la senilidad y la muerte.
Una de las tareas del artista es detenerse a exponer el significado profundo de los acontecimientos en relación al transcurso de las horas y los días. Invitarnos a hacer una pausa, para recordar que estamos hechos de las semanas y los meses pues, como dice Jorge Luis Borges en un pasaje de Otras inquisiciones: “El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre, es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego.”
La expresión de este mismo espíritu se da, como motivo y tema, en Anuario, de Mario Torres. En los trece poemas que conforman el libro, hay un acontecer que se presenta en el tiempo, pero de manera muy distinta a como transcurre en la realidad.
Mario Torres despliega la marcha del tiempo de forma constante, uniforme, pasando por los meses de uno en uno en el orden conocido por todos y, no obstante, los días se nos vienen encima de manera que, en unas cuantas páginas, asistimos a una historia cuyos episodios han acontecido en muchos años: “El tiempo añade apodos/a granel, sin eufemismos,/lo que más fastidia de ti mismo/lo dice simple, del peor modo.”
El tiempo real se transforma al decantarse en el lenguaje poético para quedar suspendido. No es que en la literatura el tiempo transcurra sólo en apariencia, sino que en ella apreciamos una clase distinta de duración, un ritmo temporal modificado y, sin embargo, el mismo; pues, como diría el maestro Sergio Pitol, “Todos los tiempos son en el fondo un tiempo único”.
En los poemas de Mario Torres la vivencia es atemporal y despersonalizada, a la vez en el interior y fuera de la historia, más cercana a la conciencia del poeta y su manera de observar el mundo que a lo meramente anecdótico. En Anuario ni los trabajos y las penas, ni la sed y el hambre, ni los días y las hojas, ni siquiera los amores y paseos, se limitan a narrar hechos concretos, ni buscan la pirotecnia de las imágenes brillantes, sino condensar la vivencia en una aparente paradoja: detener el tiempo para observar su paso, para descubrir que somos tiempo y aquello que nos falta: “Todo el mundo con un ojo/es ver la mitad,/es junio, hemisferio del tiempo.”
Escribir es un intento de someter al tiempo, un acto violento contra el olvido. Literalmente, el acto de creación es un robo al tiempo. Un acto prometeico que nos recuerda que el arte es siempre un retorno al mito: “si ya a los dioses robé el fuego/¿qué me das por este mes,/si lo devuelvo al tiempo?/(¿qué me dan si lo devuelvo al tiempo,/qué me dan si les devuelvo el tiempo?)”
Seguramente los poemas de Anuario le devolverán muchas alegrías a su autor, y ahora será momento de recibir abrazos y felicitaciones. Su destino final está en otras manos, las de ustedes lectores, y como dicen unos de sus versos, “Haz lo que te corresponde, tiempo,/toma tus días y dale aliento/a los meses que esperan por su nombre”.
En cuanto a mí, presentar el libro de Mario, mi hermano por lo civil, me ha puesto un poco melancólico. Y cuando digo un poco quiero decir terriblemente. Los que lo queremos, y no me dejarán mentir la mayoría de ustedes, hemos introducido a nuestra manera de medir los años frases como: “cuando Torres acaba de publicar Lunas de jade, poco después de la boda de Paty y Mario, antes de que el pelón se fuera nuevamente a Oaxaca, entre muchas otras, que hablan de lo mucho que valoramos el tiempo compartido con él.
Desde mañana, que un poco de distancia vuelva a separarnos, comenzaremos a decir “que ayer eras otro año/que fechar será lo complicado/estas semanas”.
(Texto leído en la Galería de Arte Contemporáneo, de Xalapa, el 12 de junio de 2010)
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anuario mario torres poemario dario carrillo
miércoles, 26 de mayo de 2010
NOMBRE
Amaba a dos mujeres por su voz,
por sentirse llamado a ser palabra.
Sacrificaba el tiempo en sus altares
y cada noche el árido desierto
se deslizaba inmenso en una de ellas
para formar de pronto una atalaya,
abrir la altura y señalarla erguida y dueña
frente a la enorme magnitud de las congojas,
de las que hablaba el corazón mas no los labios,
de quien le sirve lo piensa y lo mira
desde mucho tiempo antes de que llegara el tiempo
de otorgarle su verdadero nombre.
por sentirse llamado a ser palabra.
Sacrificaba el tiempo en sus altares
y cada noche el árido desierto
se deslizaba inmenso en una de ellas
para formar de pronto una atalaya,
abrir la altura y señalarla erguida y dueña
frente a la enorme magnitud de las congojas,
de las que hablaba el corazón mas no los labios,
de quien le sirve lo piensa y lo mira
desde mucho tiempo antes de que llegara el tiempo
de otorgarle su verdadero nombre.
lunes, 17 de mayo de 2010
QUIMERA
Y me levanto a media noche
con la intensión de regresar
en el abismo de los sueños
palabras dislocadas
para tomar tu sombra por los dedos
acariciar tu rostro
tus pies inermes
habitar las quimeras de la noche
correr para olvidar que no te tengo
Publicado por la revista Forum en febrero del 2009
con la intensión de regresar
en el abismo de los sueños
palabras dislocadas
para tomar tu sombra por los dedos
acariciar tu rostro
tus pies inermes
habitar las quimeras de la noche
correr para olvidar que no te tengo
Publicado por la revista Forum en febrero del 2009
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